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Sabiduría del Cuerpo

El cuerpo guarda un saber propio, anterior a las palabras: sensación, ritmo, tensión Cuidarlo es aprender a leer ese lenguaje
El cuerpo es mucho más que aquello que habitamos. Es el territorio desde el cual experimentamos el mundo y, al mismo tiempo, una forma de conocimiento en sí mismo. Habla en un lenguaje anterior a las palabras: a través de sensaciones, ritmos, tensiones, movimientos y silencios. Aprender a escucharlo es reconocer algo que rara vez llega a hacerse consciente, pero que nunca deja de estar ahí, sosteniendo lo que somos.
Neijing Tu, diagrama taoísta del paisaje interior del cuerpo, China, copia del s. XIX de un original tallado en piedra en el templo Baiyunguan (Templo de las Nubes Blancas), Pekín

La transformación psicológica no sucede al margen del cuerpo. Nuestra historia, nuestras emociones y muchos de nuestros modos inconscientes de responder al mundo encuentran también una expresión corporal. La postura, el gesto, la respiración, las tensiones o ciertas cadencias guardan aspectos de la experiencia que no siempre alcanzan una formulación consciente. Trabajar con el cuerpo permite, en este sentido, ampliar las vías a través de las cuales nos conocemos y nos relacionamos con nosotros mismos.

Pero atender al cuerpo implica una mirada más amplia. Su lenguaje se manifiesta en el andar y la respiración, en el descanso y la calidad del sueño, en el contacto con la naturaleza, en lo que incorporamos a través de los sentidos, y en el modo en que nos alimentamos. Recuperar una alimentación más cercana a lo natural puede restablecer una relación más atenta con el cuerpo y con aquello que lo sostiene.

Leonardo da Vinci, Hombre de Vitruvio, c. 1490

Alimentarnos deja así de ser solamente una respuesta a una necesidad fisiológica: se vuelve, además, una forma cotidiana de cuidado y de vínculo con el mundo natural del que formamos parte. Y cuando la enfermedad se presenta, esa misma atención puede sostenerse en una medicina consciente, capaz de mirar no solo el síntoma sino a quien lo atraviesa.

Ninguna de estas dimensiones puede comprenderse de manera aislada: forman parte de un equilibrio dinámico que necesita construirse y sostenerse en el tiempo.

Cuidar el cuerpo, por lo tanto, no consiste únicamente en intervenir cuando algo deja de funcionar. Supone desarrollar una relación atenta con él: aprender a reconocer sus señales, respetar sus ritmos y descubrir qué necesita en cada momento. Cuando esta escucha se integra al trabajo interior, el cuerpo deja de ocupar un lugar secundario y se convierte en una dimensión activa del proceso de conocimiento y transformación.

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