Dra. Julieta Loza
Una mirada anterior a cualquier título

Unos primeros pasos por bellas artes en Prilidiano Pueyrredón y diseño en la UBA, no quedaron guardados en un título: reforzaron una forma de observar, que nació conmigo, que no distingue jerarquías.

La belleza no necesita ser perfecta para detener mi mirada. Puede ser una obra que atravesó siglos, un cielo que se vuelve violeta antes de anochecer; los naranjos en flor en Córdoba, Andalucía, o una pequeña planta que, bastante atrevida, encontró una ranura en una pared y decidió crecer ahí.
También una mesa preparada con cuidado, un vestido bien pensado, una joya que brilla de más; tanto como el sol calentándome la piel mientras miro a mi hija jugar al hockey, el olor de los jazmines que todavía me devuelve a la casa de mi abuela Chichi, o un libro de fantasía romántica, leído sin culpa un domingo entero.
Es la misma mirada que se detiene, una y otra vez, ante lo que la vida pone delante.
Unos primeros pasos por bellas artes en Prilidiano Pueyrredón y diseño en la UBA, no quedaron guardados en un título: reforzaron una forma de observar, que nació conmigo, que no distingue jerarquías.

La belleza no necesita ser perfecta para detener mi mirada. Puede ser una obra que atravesó siglos, un cielo que se vuelve violeta antes de anochecer; los naranjos en flor en Córdoba, Andalucía, o una pequeña planta que, bastante atrevida, encontró una ranura en una pared y decidió crecer ahí.

También una mesa preparada con cuidado, un vestido bien pensado, una joya que brilla de más; tanto como el sol calentándome la piel mientras miro a mi hija jugar al hockey, el olor de los jazmines que todavía me devuelve a la casa de mi abuela Chichi, o un libro de fantasía romántica, leído sin culpa un domingo entero.

No hace falta decir mucho más: quien convive con animales sabe que ellos también enseñan.

Lo distinto como espejo

Quizás por eso viajar fue siempre una parte importante de mi vida, y tuve la fortuna de hacerlo mucho, por placer y por trabajo.

Me gusta llegar a lugares desconocidos, caminar dejándome llevar por el entorno, entrar en iglesias, museos y mercados, probar otras comidas, escuchar otros idiomas, encontrarme con formas distintas de organizar una vida.
Por alguna razón, ese contacto con otra cultura amplía mi mirada y, paradójicamente, me devuelve a mí misma —no tanto un cambio como una confirmación de quién soy.
Quizás por eso viajar fue siempre una parte importante de mi vida, y tuve la fortuna de hacerlo mucho, por placer y por trabajo. Me gusta llegar a lugares desconocidos, caminar dejándome llevar por el entorno, entrar en iglesias, museos y mercados, probar otras comidas, escuchar otros idiomas, encontrarme con formas distintas de organizar una vida.

For some reason, that contact with another culture widens my gaze and, paradoxically, returns me to myself—less a change than a confirmation of who I am.

Una postal de otro siglo

En 2024, ya con la carrera de grado y el doctorado terminados, volví a ser estudiante, esta vez de la mano de una beca Erasmus Mundus que me llevó a cursar un máster en Europa. El primer semestre fue en Groningen, Países Bajos.

Pocos lugares me dejaron una marca tan clara y profunda en tan pocos meses.

Groningen es una ciudad abierta al mundo y tremendamente verde, que recorrí entera en bicicleta, con canales donde flotan barcos de colores y una cantidad de estudiantes que, contra toda lógica, no le quita el silencio a las calles. La Universidad de Groningen es una postal de otro siglo, y la facultad de Religión, en particular, tiene algo de iniciático que va más allá de su belleza: entrar ahí era entrar también en otro tiempo.
Y en ese clima, el conocimiento se me reveló otra vez como lo que siempre ha sido para mí: un medio, una de las vías del desarrollo espiritual que más me ha servido. Este máster llegó en el momento justo de mi vida, y me dejó algo tan enriquecedor en lo intelectual como en aquello que lo excede.
En 2024, ya con la carrera de grado y el doctorado terminados, volví a ser estudiante, esta vez de la mano de una beca Erasmus Mundus que me llevó a cursar un máster en Europa. El primer semestre fue en Groningen, Países Bajos.

Pocos lugares me dejaron una marca tan clara y profunda en tan pocos meses.
Groningen es una ciudad abierta al mundo y tremendamente verde, que recorrí entera en bicicleta, con canales donde flotan barcos de colores y una cantidad de estudiantes que, contra toda lógica, no le quita el silencio a las calles.

La Universidad de Groningen es una postal de otro siglo, y la facultad de Religión, en particular, tiene algo de iniciático que va más allá de su belleza: entrar ahí era entrar también en otro tiempo.

Y en ese clima, el conocimiento se me reveló otra vez como lo que siempre ha sido para mí: un medio, una de las vías del desarrollo espiritual que más me ha servido. Este máster llegó en el momento justo de mi vida, y me dejó algo tan enriquecedor en lo intelectual como en aquello que lo excede.

Compañeros espirituales


El amor por los animales fue primero.
La decisión de no comer carne, a los diecinueve años, en realidad la tomó mi cuerpo: un día simplemente dejó de tolerarla. No hubo bandera ni ceremonia, y nunca más necesité cuestionarla.

Son seres desprotegidos, y esa certeza es la que también me llevó a abrirles la puerta de mi casa. Desde entonces, siempre hubo animales conmigo —sobre todo gatos— y cada uno se llevó, al partir, un poco de mí. Hoy comparto la casa con Apolo, Juana, Agatha y Rufina —tres gatos y una perra, cada uno con su carácter propio.
No hace falta decir mucho más: quien convive con animales sabe que ellos también enseñan.
El amor por los animales fue primero. La decisión de no comer carne, a los diecinueve años, en realidad la tomó mi cuerpo: un día simplemente dejó de tolerarla. No hubo bandera ni ceremonia, y nunca más necesité cuestionarla.

Son seres desprotegidos, y esa certeza es la que también me llevó a abrirles la puerta de mi casa.

Desde entonces, siempre hubo animales conmigo —sobre todo gatos— y cada uno se llevó, al partir, un poco de mí. Hoy comparto la casa con Apolo, Juana, Agatha y Rufina —tres gatos y una perra, cada uno con su carácter propio.

No hace falta decir mucho más: quien convive con animales sabe que ellos también enseñan.

Voces distintas, misma pregunta


Me gustan los libros, mucho; las conversaciones largas, los lugares con historia; cocinar y compartir una mesa, aprender algo que no sabía; encontrar conexiones inesperadas y guardar cierto espacio para el misterio.
Puedo entusiasmarme con un texto escrito hace casi dos mil años y, poco después, querer entender qué se está descubriendo hoy sobre la salud —no vivo esa convivencia como una contradicción, sino como lo que pasa cuando una misma pregunta se puede abordar desde ángulos distintos, cada uno con su propia validez, sin que uno deba reducirse al otro.

Y quizás con los años aprendí también que la profundidad no necesita ser solemne: una vida interior puede nutrirse del silencio y la reflexión, pero también del placer, el humor, el movimiento, el amor y el asombro. No se trata de elegir entre lo espiritual y lo terrenal, sino de aprender a habitarlo de otra manera: a encontrar ahí también lo sagrado.
Transformarse no debería alejarnos de la vida y de sus placeres —muy por el contrario, debería ayudarnos a entrar cada vez más profundamente en ella.
Me gustan los libros, mucho; las conversaciones largas, los lugares con historia; cocinar y compartir una mesa, aprender algo que no sabía; encontrar conexiones inesperadas y guardar cierto espacio para el misterio.

Puedo entusiasmarme con un texto escrito hace casi dos mil años y, poco después, querer entender qué se está descubriendo hoy sobre la salud —no vivo esa convivencia como una contradicción, sino como lo que pasa cuando una misma pregunta se puede abordar desde ángulos distintos, cada uno con su propia validez, sin que uno deba reducirse al otro.

Y quizás con los años aprendí también que la profundidad no necesita ser solemne: una vida interior puede nutrirse del silencio y la reflexión, pero también del placer, el humor, el movimiento, el amor y el asombro. No se trata de elegir entre lo espiritual y lo terrenal, sino de aprender a habitarlo de otra manera: a encontrar ahí también lo sagrado.

Transformarse no debería alejarnos de la vida y de sus placeres —muy por el contrario, debería ayudarnos a entrar cada vez más profundamente en ella.

El umbral de todos los días

Vivo acompañada de mis dos hijos y mi marido, el amor de mi vida.
Mi vida junto a ellos es, probablemente, el aprendizaje más profundo, el más divertido y el menos planeado de todos —y el que no se termina en ningún postgrado.

Siempre fui una buscadora, desde muy chica, y espero seguir siéndolo.
En esa búsqueda hay preguntas que me acompañan desde hace años: qué nos transforma, qué hace que una vida llegue a sentirse verdaderamente propia, y cómo aprender a mirar con la atención suficiente como para no pasar de largo frente a ella. Las respuestas siempre son parciales, y está bien, porque abren paso a preguntas nuevas.
Mi trabajo tampoco está separado de esa búsqueda: es, en buena medida, la forma que encontré de seguir llevándola adelante junto a otros. Y hoy, mirando todo esto —mi familia con su amor y su alegría, las preguntas que todavía me buscan a mí, el trabajo que elegí— me siento, sobre todo, agradecida.
Vivo acompañada de mis dos hijos y mi marido, el amor de mi vida. Mi vida junto a ellos es, probablemente, el aprendizaje más hondo, el más divertido y el menos planeado de todos —y el que no se termina en ningún postgrado.

Siempre fui una buscadora, desde muy chica, y espero seguir siéndolo.
En esa búsqueda hay preguntas que me acompañan desde hace años: qué nos transforma, qué hace que una vida llegue a sentirse verdaderamente propia, y cómo aprender a mirar con la atención suficiente como para no pasar de largo frente a ella. Las respuestas siempre son parciales, y está bien, porque abren paso a preguntas nuevas.

Mi trabajo tampoco está separado de esa búsqueda: es, en buena medida, la forma que encontré de seguir llevándola adelante junto a otros. Y hoy, mirando todo esto —mi familia con su amor y su alegría, las preguntas que todavía me buscan a mí, el trabajo que elegí— me siento, sobre todo, agradecida.
Contacto
Para contactarme, por favor, completa el siguiente formulario y trataré de contestarte a la mayor brevedad posible.
¡Muchas gracias por tu mensaje!
Si lo deseas, también puedes conectarte conmigo a través de: